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Aniversario

Matadores por siempre

Hace 50 años, San Lorenzo le ganaba 2-1 a Estudiantes la final del Metropolitano 1968 y se convertía en el primer campeón invicto del fútbol argentino. De pie para homenajear a ese equipazo...

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De los muchos orgullos que San Lorenzo se guarda, pocos tienen el brillo de este equipo mítico. Para numerosos especialistas, el mejor que haya pisado las canchas argentinas. Imbatibles. Técnicamente impecables. Guapos. Equilibrados en ataque y defensa (la fórmula que Tim tanto buscaba y supo conseguir). Dueños de un campeonato que, en esa época, todos se animaban a pelear: los históricos “grandes”, los más humildes que se agigantaban (Estudiantes, Vélez y los rosarinos pedían pista por derecho propio). Aquellos que los vieron jugar quedaron deslumbrados con sus hazañas. Y los más jóvenes, que escucharon de boca de padres y abuelos las historias de antaño, aprendieron a admirarlos. Los llamaron los Matadores y, exactamente medio siglo después de su consagración, siguen emocionándonos.

Desde la creación del profesionalismo, en 1931, ningún campeón se había coronado de forma invicta. Los denominados “cinco grandes” se habían repartido los títulos hasta que, en el Metropolitano de 1967, Estudiantes de La Plata al fin logró sumarse a la lista exclusiva. Ni La Máquina de River, ni el Independiente de Erico, ni el Racing tricampeón ni el Boca de Varallo. Tampoco el legendario Ciclón de Farro-Pontoni-Martino. El primer equipo en consagrarse campeón sin derrotas fue el de los Matadores: jugaron 24 partidos, ganaron 16 y empataron ocho. Tuvieron, además, la delantera más goleadora: 49 tantos. Y la valla menos vencida: apenas 12 goles en contra (pudieron mantener el arco inmaculado en 13 partidos). Los números, contundentes, explican parte del fenómeno. Pero no todo. Lo otro entraba por las retinas: paredes, gambetas, tacos, lujos, zapatazos al ángulo, cabezazos impiadosos, cruces a tiempo, atajadas de manual. Y los intangibles: ese coraje y amor propio que los llevó a enhebrar una racha inédita. Los rivales se desmoralizaban. Y el público del Ciclón, que venía esperando una alegría desde hacía nueve años (la última conquista la había logrado el equipo comandado por José Sanfilippo, en 1959), estallaba de felicidad.

50 años después de aquel 4 de agosto que los vio coronarse en el corazón de todos los futboleros, el recuerdo está más latente que nunca. “El grupo no tenía fisuras”, suelen repetir, para explicar otra de las claves. A los talentosos jóvenes que ya habían mostrado su calidad en los llamados Carasucias, se les sumaron refuerzos de enorme valor. Ya estaban los arqueros: Carlos Buttice (firme desde hacía dos temporadas) y Agustín Irusta (titular en 1964 y 1965; relegado tras el arribo de Batman, pero siempre dispuesto a sumar cuando hiciera falta).

Llegaron los laterales que brindaron el salto de calidad: Sergio Villar desde Montevideo (uno de los más grandes aciertos en la historia de las incorporaciones) y Antonio Rosl proveniente de Gimnasia y Esgrima de La Plata. ¿San Lorenzo alguna vez tuvo dos laterales de semejante nivel? En la zaga, los dos centrales ya venían jugando y se conocían a la perfección: Oscar Calics (el “veterano” del equipo) y Rafael Albrecht... ¿Qué decir del Tucumano? Una superestrella, seguramente top-10 entre los más grandes futbolistas que vistieron la gloriosa azulgrana. Desde el fondo, la voz inconfundible de Rafael daba tranquilidad e iniciaba los ataques. El mediocampo tenía dos puntales: en el centro, otra figura insoslayable, mítica, uno de los más vistosos “5” del fútbol nacional. Roberto Telch marcaba el ritmo, los tiempos, y cubría toda la cancha con su consabida sabiduría. A la derecha, Alberto Rendo iba y venía, jugaba y metía, con una clase que asombraba. La orquesta la completaban Victorio Cocco (enorme cabeceador, refuerzo llegado desde Unión de Santa Fe), el correntino Pedro González (brillante puntero derecho) y, cerca del área, el talentosísimo Carlos Toti Veglio (recién llegado de Deportivo Español) y Rodolfo Fischer.

El Lobo es un capítulo aparte: goleador, figura y emblema de esa aplanadora. El misionero había debutado en 1965, se fue consolidando de a poco y terminó de explotar en ese Metropolitano del 68: no lo podían parar. Convirtió 13 goles, hilvanó un hat-trick (tres goles en un partido) en un par de ocasiones y fue el héroe de la final: a los diez minutos del suplementario, le rompió el arco a Poletti para decretar el 2-1 y, así, permitir el festejo de todo Boedo. No hay que olvidarse de que en ese plantel también figuraban cracks como Héctor Veira (lesionado, sólo estuvo en cuatro partidos) y Narciso Doval (suspendido). ¡Qué riqueza! El brasileño Elba de Padua Lima (Tim) fue quien logró amalgamar las piezas para conseguir ese funcionamiento perfecto.

Aquel Metropolitano se jugó en dos zonas de 11 equipos, todos contra todos en dos ruedas, y con un choque interzonal entre los clásicos rivales (a San Lorenzo, obviamente, le correspondió Huracán). El Ciclón se adjudicó su zona, la A, con una escandalosa ventaja de 12 puntos sobre Estudiantes (en épocas, vale aclararlo, donde la victoria otorgaba dos unidades y no tres como ahora). En la zona B, Vélez Sársfield cumplió un campañón (12 triunfos y sólo dos caídas), pero terminó perdiendo su semifinal frente a Estudiantes. Por su parte, San Lorenzo no dejó dudas contra el River de los hermanos Onega y Amadeo Carrizo: en la semi, disputada en la cancha de Racing, se impuso por 3 a 1, con goles de González, Cocco y Veglio.

La final con Estudiantes se jugó una tarde como hoy pero de 1968, en el estadio Monumental. Choque durísimo, peleado, que había empezado mejor para el Pincha: se puso en ventaja a los dos minutos del segundo tiempo, gracias a un gol de Verón. El empate llegó a los 23 minutos, por obra del implacable Toti Veglio (segundo artillero del equipo, con 12 gritos) y obligó al suplementario. Y allí apareció el temple de este equipo imbatible, destinado a quedar en la historia. El Lobo Fischer sacó un zapatazo imparable y, a los diez minutos del tiempo agregado, cinceló el 2-1 que nadie podría modificar. Los Matadores de Boedo se acababan de meter en la historia. Y ahí se quedarán, para siempre.

El equipo base: Buttice; Villar, Calics, Albrecht, Rosl; Rendo, Telch, Cocco; González, Fischer y Veglio.

La campaña

 
Atlanta 1 – San Lorenzo 5
San Lorenzo 1 – Platense 1
Boca 1 – San Lorenzo 2
San Lorenzo 0 – Estudiantes 0
Racing 1 – San Lorenzo 1
San Lorenzo 5 – Ferro 0
Lanús 0 – San Lorenzo 0
San Lorenzo 3 – Banfield 0
Newell’s 0 – San Lorenzo 2
San Lorenzo 4 – Colón 0
Huracán 0 – San Lorenzo 0
San Lorenzo 4 – Atlanta 1
Platense 1 – San Lorenzo 2
San Lorenzo 2 – Boca 0
Estudiantes 0 – San Lorenzo 1
San Lorenzo 3 – Racing 0
Ferro 0 – San Lorenzo 3
San Lorenzo 1 – Lanús 0
Banfield 1 – San Lorenzo 2
San Lorenzo 0 – Newell’s 0
Colón 1 – San Lorenzo 1
San Lorenzo 2 – Huracán 2
Semifinal
San Lorenzo 3 – River 1
 
Final
San Lorenzo 2 – Estudiantes 1
 

Si querés seguir reviviendo aquella hazaña de Los Matadores, la CASLA Revista Nº 16 es historia pura en papel. El recuerdo del equipo, la palabra de algunos protagonistas y la emoción para todos los Cuervos que aún nos emocionamos con aquel título. Conseguila en las sedes del club y en los San Lorenzo Store.

 

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